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Un pedazo de brea de abedul ha permitido saber cómo fue la mujer que lo masticó, que comió antes de hacerlo y cuáles fueron algunos de los microbios que vivieron en su boca

Representación de «Lola», la mujer que masticó el «chicle de abedul» – Tom Björklund

Hace unos 5.700 años, una chica de piel oscura, pelo negro y ojos azules mordisqueó un pedazo de brea de abedul. Lo hizo en lo que fue un pequeño pueblo de pescadores situado al sur de Dinamarca, a orillas del Báltico, y hoy conocido como Syltholm. Puede ser que hubiera querido emplearlo como adhesivo, para reparar alguna pieza de cerámica o algún aparejo de pesca o, sencillamente, que lo estuviese usando como una suerte de chicle de finales de la Edad de Piedra: no hay forma de saberlo. Pero lo que sí se ha averiguado, gracias a la extracción del material genético del antiguo chicle, preservado durante milenios bajo la tierra, no es solo la apariencia de la mujer, sino también que había comido pato y avellanas. También se ha podido constatar que estaba infectada por el virus Eipstein Barr y que, probablemente, padecía de mononucleosis.

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